- El ritual funerario se mantiene vivo en el municipio de Hecelchakán, donde las familias limpian y visten las osamentas de sus seres queridos como parte de una costumbre ancestral vinculada al Janal Pixán.
Pomuch, Campeche.— En Pomuch, la relación con los difuntos no termina con la sepultura. Cada año, las familias regresan al panteón para limpiar los restos óseos de sus seres queridos, renovar las telas que los cubren y mantener vivo un vínculo que trasciende la muerte.
Esta práctica de origen maya es documentada por el escritor y periodista yucateco Paul Antoine Matos en su obra Embellecedores de huesos, publicada por la editorial Los libros del perro. La crónica explora el significado de una tradición que, lejos de representar una costumbre macabra, expresa respeto, afecto y continuidad familiar.
- Un ritual de limpieza y memoria
La limpieza de los huesos constituye uno de los momentos más significativos de esta tradición. Con brochas de cerdas suaves, los familiares retiran cuidadosamente el polvo acumulado desde la última visita y siguen un orden específico para atender cada parte de la osamenta.
El procedimiento comienza por las extremidades inferiores y continúa por la cadera, los brazos, las vértebras, las costillas y otros huesos, hasta llegar al cráneo y la mandíbula. Después, los restos se acomodan dentro de cajas de madera ventiladas y se cubren con paños blancos de algodón, decorados con bordados florales y mensajes dedicados a los difuntos.
Antes de llegar a esta etapa, los cuerpos deben permanecer sepultados durante al menos tres años. Una vez cumplido ese periodo, los restos son trasladados a osarios, donde quedan dispuestos para recibir los cuidados anuales de sus familiares.
Las telas que los envuelven también tienen un valor especial, pues son elaboradas por las propias familias y renovadas como parte de una muestra de cariño y gratitud hacia quienes fallecieron.
- El cementerio se transforma durante el Janal Pixán
En los días previos a las celebraciones dedicadas a los muertos, el panteón municipal de Pomuch adquiere una actividad particular. Adultos, jóvenes y niños acuden con manteles y paños limpios para atender las osamentas, convirtiendo el espacio funerario en un lugar de encuentro familiar y comunitario.
En esta labor también participan los llamados limpiadores de huesos, personas de la localidad que han aprendido el oficio a través de generaciones y que contribuyen a preservar los conocimientos necesarios para realizar el ritual.
La tradición se acompaña de rezos, copal y elementos de la gastronomía ceremonial, dentro de una concepción de la muerte en la que los difuntos continúan formando parte de la vida cotidiana de sus descendientes.
- Una herencia cultural que busca perdurar
En su investigación, Matos cuestiona las interpretaciones que reducen esta costumbre a una curiosidad turística o a una práctica de apariencia sombría. Desde la perspectiva de la comunidad, limpiar los huesos es una forma de reconocer a los antepasados y evitar que su memoria desaparezca.
La convivencia de los niños con esta práctica también contribuye a transmitir una manera distinta de comprender la muerte. Al observar a sus familiares cuidar las osamentas, aprenden que el recuerdo de quienes partieron puede expresarse mediante acciones cotidianas de respeto y cariño.
Sin embargo, factores como la migración y la influencia de los medios de comunicación representan desafíos para la continuidad de esta herencia cultural. Pese a ello, los habitantes de Pomuch mantienen el ritual como parte de su identidad y de su relación con la cosmovisión maya peninsular.
A través de los testimonios reunidos en Embellecedores de huesos, la tradición queda registrada como una expresión de memoria colectiva en la que el cuidado de los restos físicos simboliza la permanencia de los afectos familiares más allá de la muerte.